Tía Delia y la evocación de nuestros padres 

Jueves 15 y viernes 16 de junio. Por fin, tras mucho planearlo y desearlo, tía Delia en casa. Espera pacientemente a que termine de revisar mis noticiarios. Ha encontrado el libro que me regaló el doctor Javier Meneses sobre historias de Juchitán. Mira también el video de Mario López sobre un concierto especial con música del Istmo y banda sinfónica. Cuando llega tía Delia la atmósfera se llena de amor… Amor en general, pero también, específicamente de amor por nuestras raíces. 

Por fin termino y me pongo de acuerdo con Yamile para que nos alcance en el Azul Histórico. 

– No aparece en mi mapa- escribe angustiada en el WhatsApp. 

– Isabel la Católica casi esquina con Madero, le escribo. 

– Voy para allá. Dice el Uber que no tardamos ni 25 minutos. 

– Acá te esperamos con unos mezcales y chapulines. A ver cómo nos encuentras, je je. Fin del comunicado. 

Cuando Yamile llegó, tía Delia y yo ya estábamos a tono. Habíamos pasado a hacer una oración a la iglesia de La Profesa,con el Cristo del Consuelo, la devoción de mi mamá y mi abuela mamá Nicha. Así nuestro Jueves de Corpus, jueves para alimentar también nuestro espíritu con el cuerpo de Cristo. Eso fue nuestro encuentro, nuestro orar juntas, ese encuentro también con el poder superior y nuestro “deber superior”. Ese nuestro compromiso para pensar y celebrar el amor a la vida. 

Llegó Yamile y todavía alcanzó una probadita del guacamole con chapulines. Dijo que traía buenas noticias. Acababa de platicar con el doctor Bazán, quien le dijo que su hermano César iba muy bien tras su trasplante de riñón. La pequeña infección que los trajo de Chiapas a la Ciudad de México era normal, pasaría tras unos días de control y después César ya podría salir a la calle para volver poco a poco a la normalidad. Pedimos una botella de cava para festejar. 

Comenzamos a charlar y nuestra boca no paró sino hasta después de las 9 de la noche que dejamos a Yamile en su hotel. 

Desde que la conocí en casa de tía Delia en Juchitán, hubo con Yamile un clic muy especial. Mi mamá ya no estaba físicamente con nosotros y faltaban unos días para que su mamá también partiera. Doña Betty había ido a despedirse de su amado Juchitán, como también pudo hacerlo mi mamá poco antes de partir. Ella también pudo disfrutar del hermoso patio de casa se tía Delia y de su hospitalidad inigualable. 

Poco después tuve oportunidad de reencontrarme con Yamile, porque a iniciativa de tía Delia se quedó en mi casa. Eran los días en que preparaban el trasplante de riñón para su hermano César. Cuando me contó los detalles quedé fascinada ante esa gran historia de amor. Amor fraterno. Amor por la vida. Porque no es fácil donar un riñón, como lo hizo su hermana Pilar. Tampoco fue fácil mover cielo, mar y tierra hasta dar con el médico ideal y las mejores condiciones, como lo hizo Yamile. Descubrir al doctor Bazán. Descubrir el programa con que la Fundación Slim apoya los trasplantes. Descubrir la generosidad de Yamile que ahora quiere compartir con otros todos sus descubrimientos. ¿Será que Narro o Mancera o alguien más quiera apoyar el proyecto? Soñar no cuesta nada. La intención está.  Miro a Yamile y tía Delia y sonrío. Una gran historia de amor inspirada también por Doña Betty. Todo ha estado y está en manos de Dios. Ojalá. Esperemos. 

Hablábamos y hablábamos mientras comíamos y comíamos. El cava se iba consumiendo porque después del guacamole con chapulines llegaron los taquitos de caracol y de pescado con tortillas recién hechas, presentados en bellas cajas laqueadas y adornados con flores. Lo mejor, según Yamile, el salpicón de venado. Los pasteles de naranja agria y manzana con helado (en honor a mi papá) también fueron espectaculares. 

Paseamos un rato por las tiendas. Descubrí una pequeña acuarela. Ni siquiera pregunté el precio. 

– Te llevas una pieza muy especial, dijo la vendedora. Una extranjera llegó hace días y quedó encantada con las pinturas. Pidió que dibujaran una niña con globos pero ya no regresó por ella. Así que pensé que tendría que llegar alguien y fuiste tú. Te estaba esperando. 

Era para mí, dije para mis adentros. Es para mí después de una tarde tan especial. 

Cuando cerré los ojos esa noche del Jueves de Corpus pensé en lo afortunada que soy al tener a mi lado a tía Delia que me contactó con Yamile y con esta gran historia. 

El amanecer del viernes fue espectacular. Tener que madrugar para atrapar las noticias tiene su encanto. 

Corrí a sacar a tía Delia de la cama como lo hice tantas veces con nuestra Doña Martha. Un momento maravilloso contemplar juntas el inicio del despertar. Nos separamos un rato. Yo regresé a mis noticias, ella a sus sueños. Cuando finalmente nos reunimos para el desayuno, no paró nuestra boca. 

Comimos, sí, pero especialmente hablamos, recordamos, evocamos. Le conté que no tuve mucha oportunidad de convivir con mi abuelo Aristeo, su padre. Pero recordaré siempre una tarde en la casa de Coyoacán, cuando buscaba yo un baño y lo descubrí sentado, leyendo en una de las habitaciones del piso superior. Me sonrío. Yo me acerqué a darle un beso. El pasó sus dedos entre mis cabellos y siguió sonriendo. Luego sacó una moneda y me dio mi domingo. No hubo muchas palabras pero hubo mucho cariño, entrañable, sincero. 

Hablamos con tía Delia de las historias de familia. Del abuelo Aristeo y su gusto por la poesía, gusto que le transmitió a Tía Delia y al querido tío Jorge Magariño. 

Hablamos de la importancia de la comunicación no verbal. Cómo a cada una de nosotras la vida nos fue enseñando la importancia de tomar de la mano a un enfermo y tratar de transmitir por ese medio alguna transfusión de amor, fe y esperanza. Necesaria hoy esa antigua sabiduría de los ancestros para la convivencia con nuestra amada tía Conchita del mar. 

Recordamos los momentos en que Tía Delia tomó de la mano a su padre Aristeo para cantarle canciones en zapoteco, antes de que se quedara dormido para el tránsito hacia la otra dimensión. Nunca me lo había dicho. Ni siquiera cuando yo le conté que horas antes de que mi papá falleciera oramos juntos, agradecimos juntos las muestras de cariño de los amigos y la familia. Cantamos juntos El Feo y La Llorona. Me pidió La Sandunga. Le canté María Bonita, sabiendo que siempre estuvo enamorado de María Félix. 

Tras la charla nos fuimos a comer al Matisse, sitio favorito de mi papá. Seguimos evocándolo. Recordando bonito. Gracias querida tía Delia por ayudarme a recordar a nuestros padres físicamente ausentes pero siempre presentes en nuestro recuerdo. Gracias por tu complicidad. Gracias por ayudarme a celebrar la vida. 

(Hace un año en el prefestejo del Día del Padre) 

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