Relato de una peregrina por el País Vasco

  1. Fátima y Álvaro con la estatua de Ignacio
    Fátima y Álvaro con la estatua de Ignacio

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    A continuación el recuento de mi peregrinar por el País Vasco a mi paso por Markina, Loyola y San Sebastián. La crónica de una experiencia que me está ayudando a reinventarme después de la muerte de mi madre

  2. Miércoles 13 de abril. Es más de media noche en España y finalmente he regresado a Madrid después de haber manejado por más de 12 horas en las autopistas y carreteras gratuitas del Norte de España y de haber vivido días muy intensos, de muchas emociones y muchos aprendizajes.

  3. Visitar Loyola era para mí lo que generaba más expectativas y se cumplieron con creces, aunque hubo un momento en que pensé que todo fracasaría. Lo vivido y aprendido en estos días, pero en especial el lunes 11 de abril, es clave para la reinvención de Regina Santiago.
    Ni lunes ni martes 12 de abril escribí la crónica en FB porque terminé exhausta.
    El lunes 11cumplimos nuestro propósito : Desayunamos en Markina (el pueblo donde nació mi abuelo Chalo, el papá de mi mamá), comimos en Loyola y cenamos en San Sebastián. Cansancio físico por manejar las carreteras del País Vasco y cansancio emocional por todas las experiencias.
    Mientras trataba de retomar el relato me he quedado dormida. Ahora amanece en Madrid el jueves 14 de abril. Escucho ruidos en casa de Kikia Mendoza. Los pequeños Álvaro y Fátima se alistan, para ir al cole” (como dicen por estas tierras). En un rato más tendré que dejar también la cama para ir a devolver el auto rentado. Me he puesto la chamarra que compré en Santiago de Compostela porque siento frío a pesar de la calefacción. Nos dicen que Madrid ha estado con un clima horrible. Pero a nosotros en nuestro viaje por el Norte nos ha acompañado el sol. Esto es una anotación importante porque ese sol ha iluminado las nubes en Markina, en San Sebastián y estuvo también presente en nuestra llegada a Madrid, creando vistas espectaculares en la montaña, en el mar y sobre la sierra nevada, a las 9 de la noche del miércoles, cuando pasamos al lado de la montaña para entrar a la comarca madrileña. Fue un recibimiento de película,  pero nada comparado con la forma en que los elementos de la naturaleza se acompañaron para despedirnos de Loyola y que más adelante describiré.
    Pero vamos por partes.
    Había abandonado la crónica del viaje diciendo que el GPS nos llevó a Loyola, pero no a la tierra natal de Ignacio, sino al Loyola barrio cercano a Markina en donde nació mi abuelo Chalo. Ese pueblo donde varias veces me recibió Maria Teresa de Murga, quien estaba a cargo de la casa familiar. María Teresa falleció a mediados de 2015. Desde entonces el Palacio de Murga está deshabitado. Lo visitan algunos fines de semana los nuevos dueños.
    Pero la estancia en Markina estuvo impregnada del recuerdo de María Teresa y las recomendaciones de los sitios a visitar :   la pastelería Tate, donde siempre encargaba el postre cuando nos invitaba a comer. La ermita de San Miguel, donde se encuentran tres enormes piedras que forman una especie de triángulo y que nadie se explica como llegaron ahí. Hay versiones de que son meteoritos pero nada confirmado. Lo que sí se sabe es que era lugar de peregrinación desde hace siglos y luego, como sucedió con Santiago de Compostela, las autoridades eclesiásticas mandaron construir una ermita para “cristianizar”  un lugar de culto pagano. Curiosamente Markina forma parte del camino de Santiago. Visité también el cementerio, que María Teresa alguna vez me comentó está considerado patrimonio histórico. Pero en esta ocasión no lo visité por su valor histórico, sino para hacer una oración frente a la tumba familiar, donde ahora está enterrada la querida Maria Teresa de Murga. Supongo que por eso y para eso nos desviamos a Markina. Para honrar la memoria de los ancestros, para agradecerle a Maria Teresa todas sus atenciones y para que ella correspondiera al recuerdo. Al final del viaje, cuando pagamos la cuenta en el hotel en que fuimos muy felices, los dueños nos regalaron unos aretes tanto a mi amiga Carmen como a mí. Platicando nos enteramos que el padre de los actuales dueños había sido amigo de María Teresa.
    Salimos de Markina poco después del mediodía,calculando llegar a comer a Loyola antes de las 3.
    Pero el camino fue difícil. Incluso en algún momento me hizo cuestionarme todo el sentido del viaje y preguntarle a Ignacio si de veras no quería que fuéramos a verlo. Cuanto debe haberse reído de mis dudas y reclamos.
    Llovía y el GPS nos llevó nuevamente por otra ruta. Iba marcando en cuenta regresiva y después de decir que faltaba sólo un kilómetro comenzó a recalcular la ruta. Cuando esto sucedió Carmen y yo nos volteamos a ver y nos dio un ataque de risa. Carmen me recordó lo que había dicho cuando llegamos a Markina en vez de al santuario: debemos estar conscientes de que a partir de este momento hemos perdido el control del viaje. Así fue. Pero
    la esquizofrenia del GPS nos permitió descubrir un río que nunca antes habíamos visto y que cruza también por Loyola. No teníamos control del viaje y nos perdimos. Pero a veces hay que olvidarse de la ilusión de control para que no te importe modificar el rumbo. A veces hay que perderse para encontrarse. Una de las grandes lecciones de este viaje.
    Amanece en Madrid en este viernes 15 de abril. Nuevamente me venció el sueño mientras escribía. Quizás porque inconscientemente no quiero terminar de escribir; quizás porque no quiero terminar este sueño. Pero sigamos con el relato.
    Llegamos al santuario de Loyola justo a la hora de la comida. La Pequeña Fátima estaba enfadada porque tenía hambre y porque le había parecido terrible haber dejado Markina, con su pequeño parque con juegos infantiles y  el hotel de Etcheverria con árboles, rio, vacas, becerros, burros, perros y cachorritos come-flores (ver foto). Lloraba inconsolable cuando entramos al restaurante. Pero recuperó la sonrisa cuando la mesera les ofreció a Álvaro y a ella un globo amarillo. La mesera se sorprendió un poco cuando yo también pedí mi globo, pero al final me lo llevó. Loyola nos recibía con globos que nos acompañarían a visitar la casa de Ignacio y la catedral, pero estalllarían en diferentes momentos causando el llanto de sus propietarios.
  4. Fátima y los globos en Loyola
    Fátima y los globos en Loyola
  5. El camino hacia el conjunto que forman la Basílica y la casa de Ignacio cruza enormes jardines y un río. Nadie protestó en esta ocasión.
    En la casa de Ignacio te recibe una escultura que reproduce el momento en que Ignacio es transportado por soldados enemigos que ya habían ganado la batalla. En vez de matarlo lo llevaron a la casa familiar, donde pasó varios meses recuperándose de la fractura que le ocasionó una bala de cañón. Fue en ese tiempo que sustituyó sus lecturas de libros de caballerías por lecturas de vidas de santos, que era lo que tenia su cuñada en la biblioteca. Durante su estancia en una habitación de esa casa tuvo lugar su cambio de vida. Por eso existe una Capilla de la Conversión.
  6. Fátima y Álvaro con la estatua de Ignacio
    Fátima y Álvaro con la estatua de Ignacio
  7. Mi amiga Carmen les contaba a Álvaro y Fátima esta historia mientras ellos acariciaban la pierna de la escultura y al perro que aparece junto a Ignacio, lamiendo sus heridas, consolándolo, acompañándolo. También acariciaron la pierna lastimada, como muchos años antes lo hiciera nuestra Doña Martha. Visitamos la casa medieval. La biblioteca.
  8. En la biblioteca de Ignacio
    En la biblioteca de Ignacio
  9. Miramos el bordón y el cayado, símbolos del peregrino. Y llegamos a la capilla de la Conversión. La contemplamos a través del cristal. Yo le decía a Carmen que entráramos. Ella me señalaba que había un letrero que decía que sólo se podía ver a través del cristal. Yo le preguntaba por qué entonces había un hombre rezando adentro.
  10. Orando a través del cristal
    Orando a través del cristal
  11. Ella no contestaba. Los abandoné un momento para investigar. Más tarde Carmen me diría que nunca vio al hombre que yo le decía. Pero independientenente, al final encontré la puerta que llevaba al interior de la capilla. Entramos todos. Carmen y los niños salieron poco después. Yo me quedé otro largo rato.
  12. La Capilla de la Conversión desde dentro
    La Capilla de la Conversión desde dentro
  13. Agradecía haber tenido la oportunidad de visitar ese lugar con mi mamá. Agradecía haber tenido la oportunidad de estar ahí, con Carmen y los niños y los globos amarillos. Las lágrimas formaron surcos en mi rostro.
    Lágrimas de gratitud para celebrar la vida. Ahora que escribo estas líneas, viene a mi mente el título de un libro que vi en la tienda de la casa de Ignacio y que posteriormente compré y comencé a leer en San Sebastián: ¿Quién eres tú Ignacio de Loyola?  El autor de este libro dice que cuando comenzó a escribir estaba consciente de que al hacer esa pregunta no sólo quería saber quién era Ignacio, sino que en realidad preguntaba quién era él. Lo mismo me sucedió a mí. No se trataba de saber únicamente quién es Ignacio, sino quién es ahora Regina Santiago Núñez. Cuál es su relación con la vida, con la muerte, con la Resurrección. Cuál es su relación con Jesús, con Ignacio, con doña Martha. Cuál es su relación con ese poder superior al que llamamos Dios. Vinieron a mi mente muchas sensaciones y la imagen de dos niños con sus globos amarillos paseando por Loyola.
    Cuando terminé mis reflexiones me reuní con Carmen, Fátima y Álvaro. Carmen me comentó que casi todo el tiempo habían permanecido al lado de la escultura de la entrada, sobando la pierna de Ignacio. Álvaro incluso le pidió que le tomara un video.
  14. Con Ignacio
    Con Ignacio

    Yo sonreí al recordar que eso mismo lo había yo ya vivido con mi madre.

  15. Hace mucho tiempo el profesor Tellechea nos había dicho a Carmen y a mí que lo que buscábamos no estaba en la Basílica, que ahí sólo había una estatua de plata, donada por venezolanos. Lo que nosotras buscábamos, la espiritualidad, estaba en casa de Ignacio, especialmente en la capilla de la Conversión. Por mucho tiempo seguí el consejo de Tellechea, pero ahora también tenia curiosidad de ir a la Basílica. Había leído que alguien donó una imagen de la Virgen de Guadalupe y estaba en un patio. Entré sola porque Carmen se quedó con los niños jugando en el jardín. Buscaba yo la imagen de la guadalupana por los laberintos de esa iglesia cuando una chica con una carreola me dijo que si quería entrar a la misa. Abrió una puerta y entró en una pequeña capilla. La misa era en vasco con algunas frases en castellano. Me quedé a la misa. Comulgué. Escuché el Padre Nuestro en vasco y recibí el deseo de paz en el idioma universal que es el abrazo. Cuando terminó salí a la nave principal de la iglesia y ahí encontré a Carmen y a los pequeños. Había comenzado a llover y decidieron entrar. Carmen me preguntó si había encontrado la imagen que buscaba. Le dije que todavía no, y le conté de la misa. Decidimos seguir buscando mientras amainaba la lluvia. De pronto apareció el sacerdote que había oficiado la misa. Le preguntamos por la virgen de Guadalupe. Nos dijo que él no sabia que hubiera alguna imagen. Preguntó de dónde éramos y respondimos que de México. Al ver nuestra desilusión por no encontrar a la virgen, nos habló de lo que sí había en la Basílica. La famosa estatua de plata, los mármoles y las maderas. Puso especial énfasis en las maderas. Quiso mostrarnos la acústica e hizo sonar un aplauso cuyo eco duro varios segundos. Luego, para enfatizar la sonoridad (y presumir su potente voz de barítono) nos cantó una canción en vasco que terminó con la frase ignaciana “Para en todo amar y servir”. Le expliqué que todo esto resultaba para mí muy emotivo porque acababa de fallecer mi madre. Me pregunto su nombre y prometió orar por Martha Josefina (lo mismo que prometió el sacerdote en Santiago de Compostela).
    Al final nos despidió con una sonrisa y un ¡Viva México!
    Subimos al auto para emprender el viaje a San Sebastián, lugar donde encontraríamos una bella estatua del Quijote, cerca del mar que yo no recordaba haber visto antes. Allí evocaríamos la memoria del profesor Ignacio Tellechea al pasear por las calles del casco antiguo. Ahí Álvaro pediría entrar a la iglesia de Santa Maria, donde le hizo a su madre muchas preguntas relacionadas con Jesús. Carmen descubrió que en la escuela sólo cuentan que a Jesús unos malos lo clavaron en una cruz,  pero se saltan la parte de la historia en que Jesús resucita para ser un Dios de vivos, no un Dios de muertos. Todo eso y más sucedería cuando llegáramos a San Sebastián. Pero antes había que salir del estacionamiento.
    No había letreros de salida. Seguimos nuestra intuición porque ya no quisimos hacer caso del GPS. Nos metimos por una calle en la que entendimos que podían circular peatones, bicicletas y autos, pero éramos el único auto que circulaba. Hubo un momento en que un señor nos advirtió que de frente no había salida. Nos preguntó adónde íbamos y no sólo nos indicó el camino, sino que nos fue guiando. Como lo íbamos siguiendo, circulábamos muy despacio. Carmen y yo ibamos un tanto contrariadas por la nueva equivocación, que ahora no podíamos atribuir al GPS, cuando apareció ante nosotros un arcoíris. Gritamos de alegría.
  16. Arcoíris en Loyola
    Arcoíris en Loyola
  17. El pequeño Álvaro exclamó  ¡Nunca imaginé que Loyola fuera un lugar tan mágico! Yo pensé para mis adentros <yo tampoco > .  Sonrío y sé que desde algún lugar del universo muchos nos sonríen y se divierten con nosotros.
    Sonrío porque ahora estoy plenamente segura de que nuestra Doña Martha me acompañará siempre si yo estoy suficientemente atenta a las señales del universo.
    Sonrío porque he llegado a esta conclusión por mis propias vivencias, por mi propia experiencia, por mi propia forma de relacionarme con ese concepto que llamamos Dios y que ahora sé que para mí es la luz del amor que habrá de guiar mi camino. Ese camino del que he cedido el control a un conductor mucho más sabio. Esa es mi convicción. Ese mi aprendizaje en estas largas jornadas de reflexión. El amor no sólo hay que pensarlo, hay que vivirlo en cada momento de nuestras vidas. Nuestros propios demonios nos tientan con el enojo y el desaliento ; con la intolerancia y con la soberbia. Pero hay que hacer que el amor nos impulse a celebrar la vida. Sólo así lograremos que el amor triunfe sobre la muerte. Gracias vida por permitirme vivir esta experiencia y compartirla.
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