La abeja Maya. Alas de libertad

Para las maestras de escuela y de vida. Para mi mamá. 

por Regina Santiago Núñez

A veces las cosas más pequeñas pueden hacer la más grande diferencia. Con esa frase se anuncia la película “La abeja Maya”, un relato que tocó mi corazón. Este fin de semana nos escapamos al cine con Doña Martha y ella fue la más feliz con las aventuras de la abejita rebelde.

La abeja Maya es una película luminosa. Muchas escenas resultan una explosión de vida y color. Algunas evocan cuadros impresionistas y seguramente eso fue parte de lo que provocó la emoción de mi madre.

Doña Martha y el pequeño Martín
Doña Martha y el pequeño Martín domingo 18 octubre 2015

Pero estoy segura que hay también otras causas para la conexión. Doña Martha y yo platicamos mucho, mucho, mucho… hasta que se acabaron las palabras y comenzamos a hablar con el corazón. Pero de aquellas pláticas maravillosas recuerdo las detalladas descripciones de su llegada a la ciudad de México y el amor por su maestra, la señorita Cuéllar, que la cuidó y la protegió en la escuela primaria pública Alberto Correa, en la colonia Roma. Hablamos del México de los años 30, donde no era nada fácil ser niña.

La pequeña Martha, al igual que la abejita protagonista de la película, había sido catalogada como niña problema. Hasta que se topó con la señorita Cuéllar, una maestra que descubrió que, como Maya, la pequeña Martha el único problema que tenía era el de ser una niña curiosa, con ganas de comerse el mundo y dispuesta a correr todos los riesgos para seguir los dictados de su corazón.

Al ver las aventuras de la abeja Maya mi propio corazón latió con fuerza recordando el precio que pagó la pequeña Martha por vivir intensamente y por enseñarme a mí, su hija, que la máxima cualidad de una mujer (o de una abeja) no es la obediencia, sino el amor, la solidaridad, la valentía para soñar y perseguir los sueños que has creado.

Al final de la película, la querida Ade abrazó a mi mamá; mi mamá me abrazó a mí; yo abracé a Jatziri y al ver la cadena de abrazos, el pequeño Martín se aventó un clavado y nos abrazó a todas.

Hoy le agradezco a aquella niña Martha que nunca haya dejado de amar la vida como la ama. Hoy recuerdo los ojos de mi abuela que en su lecho de muerte le pidieron perdón a aquella niña a la que sólo supo querer, pero nunca pudo comprender. Hoy sé que gracias a la fuerza de voluntad de la niña Martha yo también aprendí a volar.

Ojalá se den la oportunidad de darse una vuelta por el cine. La abeja Maya es uno de los relatos más solidarios que me ha tocado ver… y la abejita me recuerda a mi mamá.

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