¡Es la gobernabilidad, estúpidos!

  • Los duros de uno y otro bando, nacionales e internacionales, buscan imponer su terror.
  • Es necesario reivindicar la política como instrumento para la gestión de conflictos.
  • Es hora de apostar por un proyecto de paz con justicia y desarrollo social.

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Por Regina Santiago Núñez*

Quisiera pensar que en alguna de las recientes reuniones del gabinete presidencial alguien emuló lo sucedido en 1992 en el equipo de campaña de Bill Clinton pero en vez de pegar un letrero que dijera ¡Es la economía, estúpido!, ese alguien dijo o escribió: ¡Es la gobernabilidad! Si eso sucedió en estos días finales de noviembre, marcará un importante cambio de enfoque tras aquellos días del inicio de la crisis en que se manejó lo sucedido en Iguala como algo que tenían que solucionar las autoridades locales. Pero si ahora se dimensiona el caso de los normalistas desaparecidos como un fenómeno global con serias implicaciones para el proyecto de nación, es fundamental tener presente que la gobernabilidad no puede asegurarse sólo mediante el uso de la fuerza. La gobernabilidad requiere del uso de la inteligencia y de manera especial, de la estrategia, de la habilidad política. Los “duros” de uno y otro bando, los “duros” nacionales e internacionales, los “duros” que se ligan con el tráfico de armas, de personas, de sustancias  y de conciencias, suelen reventar los acuerdos políticos para luego alimentar la desconfianza mediante el horror y el miedo. Así siembran sus parcelas de terror.  Se anuncia que el jueves 27 de noviembre habrá un gran anuncio por parte del presidente Enrique Peña Nieto; se habla de un golpe de timón. Se dice que habrá modificaciones sustanciales en materia de seguridad y justicia. Pero de nada servirá crear nuevas entidades burocráticas si el cambio es sólo cosmético y no hay sustancia. Por eso es hora de reivindicar el uso de la política y la construcción de acuerdos. Por eso es hora de que la frase “Nos mueve la paz” deje de ser un simple slogan y se convierta no sólo en una política de gobierno, sino en una actitud ante la vida; es hora de dar a la palabra paz un significado profundo y verdadero.

 

El domingo 23 de noviembre, el periódico El Sur de Guerrero publicó las declaraciones de David Flores Maldonado, a quien identificó como dirigente estudiantil de la normal de Ayotzinapa. Éste intentaba explicar la agresión de un grupo de manifestantes a funcionarios del gobierno federal que se habían reunido el viernes 21 con padres de familia en Chilpancingo.

El reportero preguntó a Flores Maldonado sobre la declaración de una mujer que dijo que los padres de los normalistas están ahora dispuestos a “desollar policías”. Flores Maldonado respondió que hay gente que se acerca. “No los tenemos bien identificados pero no es (padre de alguno de los 43 desaparecidos). Las declaraciones son al calor de la impotencia y el dolor de no saber de los compañeros. Los papás están desesperados”.

Hay un gran dolor y es posible que la desesperación haya llevado a algunos padres a pronunciar las amenazas. Pero surgen dudas sobre estas declaraciones. ¿Por qué El Universal no dio los nombres, pero sí mostró los rostros del grupo de manifestantes? ¿Por qué el diario no verificó que quienes declararon ante sus cámaras y micrófonos fueran “realmente” padres de normalistas? El Universal los identificó como padres de normalistas y los grabó lanzando botellas de agua contra funcionarios. El Sur de Guerrero señaló que David Flores –a quien identificó como uno de los dirigentes de los normalitas– dijo que la persona que amenazó con desollar policías no era del grupo de familiares. ¿Quién miente?

Cuando leí las declaraciones de David Flores y escuché las palabras de ese grupo de personas que aparece en el video que transmite El Universal, vino a mi mente un texto que publiqué en el periódico La Crónica de Hoy, el 29 de julio de 2006. Titulé aquella columna periodística: “Yo no voté por Andrés Manuel”. El texto buscaba justificar mi voto razonado en aquellos días en los que los ánimos estaban muy caldeados y muchos de mis amigos que sí votaron por AMLO me reclamaban airadamente mi falta de apoyo. Por eso escribí que las imágenes del linchamiento en Tláhuac la noche del 23 de noviembre de 2004 y el recuerdo de López Obrador justificando los linchamientos como “usos y costumbres” me orillaron a dar mi voto a otro candidato. Recordé también que en ese mismo año López Obrador descalificó una gran marcha de protesta contra la delincuencia porque la consideró simplemente otro complot en su contra. Argumentaba que no se puede avalar en un político este tipo de planteamientos. En ese texto también recordaba la forma en que en el auditorio de Radio UNAM, la noche del 23 de julio de 1994 un grupo de jóvenes estalló en júbilo cuando Ciro Gómez Leyva anunció que se tendría que retirar de la presentación del documental del Canal 6 de Julio sobre el levantamiento zapatista. Recordaba la respuesta de éste, tratando de explicar a esos jóvenes que con el asesinato de Luis Donaldo Colosio no ganaba nadie y el país podía perder mucho.

El tiempo le dio la razón. Al levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994 (mismo día de entrada en vigor del TLC) siguió el asesinato de Colosio y luego el de José Francisco Ruiz Massieu.   En aquel fatídico 1994 también se dio el secuestro de Alfredo Harp Helú que duró 106 días y por el que su familia pagó 30 millones de dólares. Como corolario, el llamado “error de diciembre” y la crisis económica que provocó suicidios, quiebras de empresas y gran dolor para muchas familias. La crisis hizo posible que se impusieran condiciones. El paquete de rescate otorgado por Clinton modificó lo que se había negociado con George Bush. Hubo muchos cambios que algunos analistas consideraron benéficos. Los grupos económicos, las empresas y los políticos beneficiados no fueron los del proyecto original. Ernesto Zedillo entregó el poder a Vicente Fox en el año 2000.  Hoy, quizás, el equipo gobernante debería mirarse en ese espejo.

En el 2012 tampoco voté por López Obrador porque a las imágenes de la justificación de los linchamientos se sumaron las imágenes de los disturbios en Oaxaca y el plantón en la ciudad de México. En el 2006 el “Plan B” del grupo de Andrés Manuel era una apuesta por la ingobernabilidad. Bloquear los edificios públicos y paralizar la actividad económica para luego demandar la desaparición de poderes. Se hizo en la ciudad de Oaxaca y se pretendió hacer con el plantón en la Ciudad de México para impedir la toma de protesta de Calderón. Una pieza clave en la estrategia de ese 2006, Gerardo Fernández Noroña, recordaba que así llegó Evo Morales al poder en Bolivia. Fernández Noroña ha mantenido el contacto con el gobierno boliviano pero marcó su distancia de AMLO. El 14 de agosto de este año, en entrevista con Rubén Luengas para Univisión, Fernández Noroña regañó a López Obrador por su “inacción” para impedir que cristalicen las reformas que promovió Enrique Peña Nieto.

El 1 de noviembre de 2012, Fernández Noroña colocó ataúdes frente a Palacio Nacional con los nombres de los seis normalistas muertos. Pidió a la Asamblea Interuniversitaria y a los estudiantes del IPN que se sumaran a la exigencia de que Peña Nieto renuncie. El 23 de noviembre Fernández Noroña informó que había negociado con el gobierno de Peña suspender la toma de la Casa Blanca en Las Lomas de Chapultepec ante el peligro de que la manifestación se saliera de control, pero que seguiría exigiendo la renuncia del Presidente. Su apuesta sigue siendo la toma de poder mediante la creación de ambientes de ingobernabilidad. Desde luego no está sólo y hay mucha gente que está involucrada en estas acciones. Mi convicción es que la violencia genera sólo espirales de violencia. Ojalá no sea el caso.

Quiero pensar que en alguna reunión del gabinete sonó esta frase: “¡Es la gobernabilidad, estúpidos!”. Pero quiero pensar también que en esas reuniones alguien defiende en estos momentos, contra los consejos de los “duros”, una apuesta por la verdadera construcción de paz; esa paz que –como dicen Mauricio Meschoulam y un grupo de académicos– no es solamente ausencia de violencia; esa paz que debe incluir una actitud comprometida con la gestión eficaz de los conflictos; esa paz que pasa por una reivindicación de la política; que pasa por la transparencia y rendición de cuentas; que pasa por la justicia y el desarrollo social; que pasa por dar un significado profundo y verdadero a la frase “En México nos mueve la paz”.

 

*Regina Santiago Núñez es académica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana.

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