La prima Vera

Por Trinidad Ferreiro

El día que enterramos a Don Luis, justo cuando bajaba el féretro, cayó un aguacero inesperado. Tapadas apenas con el saco de mi papá, mi mamá y yo corrimos a guarecernos al carro.

En cuanto el ataúd llegó al fondo de la tumba, el cielo se abrió y volvió el sol en todo su esplendor.

Regresamos al lado de mi abuela y seguimos, firmes, pero llorosas y mocosas, el entierro.

***

A principios de marzo, cada año, la casa de la abuela Enriqueta se llenaba de aroma a pintura. Las paredes interiores cambiaban de color, las puertas recuperaban el brillo, el piso se lavaba a conciencia… bueno, hasta sacaban la enorme mesa del comedor para limpiar bien el sitio. La cocina se despedía de su cochambre, las conejeras veían el jabón.

El piso de la casa de la bisabuela María recibía el color rojo tradicional que le confería el congo, ese polvo rojo que se hervía y dejaba la madera protegida, además de que la teñía de colorado.

Todo eso era, decía mi abuelo, para recibir a la prima Vera.

Se trataba de un familiar que Don Luis parecía esperar con mucho gusto. Llegaba, decía el abuelo, entre el 20 y el 21 de marzo.

Al escucharlo, yo pensaba en una mujer rubia, alta, de cabello lacio, peinada con chongo y muchas veces deseé verla descender de un taxi con todas sus maletas.

Nunca la vi. Y eso era un gran misterio, porque el 21 de marzo no íbamos a la escuela, así que me recargaba en el pretil de la ventana a esperar el taxi.

Tampoco vi imágenes suyas en fotografía ni la recordaba en las películas familiares, pero cuando preguntaba por ella, cuando le preguntaba a mi abuelo por ella, la respuesta era la misma: “Llegó ayer en la noche. Va a estar por acá unos tres meses”.

Así, hasta que me atreví a preguntarle a mi papá y obtuve su razonable respuesta: Ni era prima ni venía de Austria. A mi abuelo le gustaba la estación de la ropa vaporosa y los hombros descubiertos, la de los zapatos de tiritas y las faldas cortas y por eso convertía el 21 de marzo en una fiesta.

Mi abuelo, Don Luis, murió un lunes 20 de marzo. El velorio estuvo lleno de gente que lo quería y que iba cada día de su cumpleaños y de su santo a la casa familiar, aun sin invitación, porque sabían que el mero día, aunque fuera entre semana, habría fiesta.

Todos sus compadres y sus familiares hicieron guardia de honor el lunes. El martes 21, de Lindavista nos fuimos a Tlalnepantla, donde lo enterraron. Mis tíos se pusieron mal allí. Yo lloré por primera vez allí. El sol nos jugó una mala pasada mientras el sacerdote decía un sermón.

El tío Salvador, un hermano de mi abuelo, comentaba con mi mamá la salud mental de mi abuelo: “Pobre de mi hermano, yo creo que ya no estaba muy bien. Siempre hablaba de una tal prima que venía de Austria, pero no recuerdo a nadie así en la familia”.

Y cuando el sepulturero comenzó el descenso de la caja, el cielo se oscureció como si fueran las siete de la noche.

Llovió con furia por unos minutos, 10, 15 minutos de agua rabiosa para decirle adiós a Don Luis.

Nunca, desde entonces, el 21 de marzo fue más festivo ni más doloroso.

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