El legado de don Alfonso Pastrana, gran hombre, gran chef.

por Regina Santiago

La mañana del martes 20 de abril desperté con unas frases martillando mi mente: Lo que no se escribe se olvida, repetía Martín Morales, siempre jesuita, a sus alumnos del curso de historiografía. Mis libros son mis hijos espirituales, reiteraba Miguel de Unamuno a sus alumnos en la Universidad de Salamanca, a principios del siglo pasado. La memoria, transformada en cualquier tipo de texto, genera la ilusión de triunfo sobre la muerte.

La computadora tardó en encender. Mientras esperaba recordé la sonrisa de don Alfonso Pastrana al despedirse. El siguiente capítulo de esta historia será un diálogo entre este chef experimentado con unos jóvenes amigos míos que están estudiando la carrera de gastronomía. Este hombre que cocinó para los reyes de España, para el ex presidente Díaz Ordaz, para la diva María Félix, tiene muchas experiencias que compartir, pensé para mis adentros. ¿Le parece, don Alfonso, que para la próxima reunión grabemos una sesión de reflexiones compartidas entre chefs de distintas edades?, pregunté buscando su complicidad. “Me parece”, respondió con una sonrisa. Mi madre le dio un beso en la mejilla. El correspondió besando su mano. Yo le di un abrazo. Verónica se encargaría de acompañarlo hasta el albergue  Plaza del Estudiante, allá en el centro, cerca del metro Viaducto. Yo tenía que ponerme a trabajar en el análisis político con que me gano la vida, pero ya frente al teclado, no pude resistir la tentación de escribir las reflexiones finales de aquella tarde deliciosa, el viernes 16 de abril. Anoté entonces:

La charla está a punto de llegar al final. Bueno, don Alfonso ─digo con una mezcla de ansiedad y nostalgia─ ya hemos hablado mucho del pasado. Pensemos ahora en el futuro. ¿Cómo quiere verse en los próximos años?

La mirada de don Alfonso se lanza al infinito. Ningún lugar fijo; ninguna atadura; el pensamiento en libertad.

Estoy por cumplir ochenta años ─dijo con voz pausada. No es fácil para un viejo pensar en el futuro. Pero en este momento se me ocurre que lo que yo quisiera hacer sería hablar con los niños y con los jóvenes de mi pueblo. Yo nací en Tlaltizapán, Morelos. Quisiera que ellos conocieran mi historia. De niño, cuando vivía con mi abuela, me gustaba mucho verla cocinar; me gustaba que la gente elogiara lo que ella había preparado. Era comida sencilla, pero con gran sazón. Albóndigas con arroz y un toque de hierbabuena, servidas en platos de barro. Con eso era suficiente para que todos quedaran complacidos.

─ Ese fue uno de los platillos que fascinó al presidente Díaz Ordaz, le interrumpí, recordando la anécdota que le escuché, minutos antes.

─ Sí, confirmó don Alfonso. Al presidente le gustaba mucho la comida mexicana, y le gustaba comer en su casa, lo que yo cocinaba para él.

Don Alfonso hace una pausa. Selecciona las palabras con el cuidado y el respeto con que ha sabido seleccionar los ingredientes de sus platillos. Luego, con una sonrisa, retoma el hilo de la conversación.

─ La cocina fue mi tarjeta de presentación. Por la cocina pude tratar con reyes, presidentes, políticos e intelectuales. La cocina fue mi pasaporte para conocer otros países, otras culturas, otras maneras de entender el mundo.

─ Porque la cocina no es solamente saber combinar sabores… dije para propiciar una reflexión.

─ La cocina es cultura, es arte, es la búsqueda de la belleza. La cocina es armonía, respondió don Alfonso, enfatizando cada palabra.

Repasaba estas líneas, cuando sonó el teléfono. Era Verónica. Con voz entrecortada me dijo: “Hay malas noticias. Me acaban de avisar que don Alfonso falleció esta madrugada”.  Las palabras fueron dardos fulminantes. Me dejaron sin habla. La conciencia aturdida. Una opresión en el pecho. Del otro lado de la línea, Verónica no sabía si la había escuchado y si seguía ahí. “¿Qué pasa'”, preguntó alarmada. Se prolongó la pausa, pero finalmente pude balbucear: “Dame un momento para reponerme”. Colgué la bocina. Cerré los ojos y repetí para mis adentros: “No puede ser”. Tomé la tarjeta que el director del albergue me entregó aquel viernes 16 de abril, que tuvimos oportunidad de hablar por unos minutos, mientras esperaba que llegara don Alfonso para irnos a comer. Marqué el telefono. Me respondió una voz femenina. Cuando le expliqué que llamaba porque me había enterado de la muerte de don Alfonso Pastrana, me dijo con voz grave: “Si conoce usted a algún familiar más vale que les avise; porque los cuerpos que no son reclamados se van al anfiteatro del Politécnico o de la UNAM”. Apenas unos minutos antes pensaba yo que el siguiente capítulo de la historia de don Alfonso sería un diálogo con una pareja que representa a las nuevas generaciones de chefs. Ahora sabía que el siguiente capítulo de la historia sería describir cómo se vive y cómo se muere en un albergue.

(Rescatamos el cuerpo de don Alfonso para que no lo llevaran al anfiteatro. Lo velamos los mismos comensales que estuvimos sentados a la mesa, con él, para comparrtir sus recuerdos y reflexiones el miércoles 31 de marzo, miércoles de Semana Santa. Fue sepultado en el panteón San Isidro. Tuve oportunidad de rescatar fotografías de don Alfonso con María Félix, con Lolita Ayala y con varias personalidades. También algunas libretas con apuntes y canciones. Tengo ya transcrita nuestra primera charla. Compartiré con lectores este legado, que considero de gran valor. Ojalá podamos irlo construyendo y disfrutarlo juntos. Bienvenidas las sugerencias. Mientras tanto, me quedo reflexionando sobre las palabras que don Alfonso quería compartir con los niños, con los jóvenes de su pequeño pueblo en Morelos, con los jóvenes de todos los pueblos, grandes o pequeños, que necesitan palabras de aliento para saber que hay que aprender a luchar por alcanzar las metas, para hacer valer los sueños).

Sigue el link para ver el texto de la primera charla con don Alfonso Pastrana.

Sigue el link para ver un breve corto con la anécdota de Margarita López Portillo y sus esmeraldas.

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3 Replies to “El legado de don Alfonso Pastrana, gran hombre, gran chef.”

  1. Sabes por muchos años he buscado a mi familia me dolio seber que habia fallecido uno de los hermanos de mi papa no tenia idea me canse de buscarlo desgraciadamente vivo muy lejo y soy de escasos recursos don alfonso era mi tio tal vez no lo crean cuando supe que estab en en albergue la coruña quise encontrar la direccion pero nunca pude tal vez no me crean lo unico que tengo de recuerdo es una foto de mi abuelo el papa de el

  2. Encontre el nombre de este señor, por buscar informacion mia en la red.
    Al leer las anecdotas de Don Alfonso se me hizo un nudo en la garganta de todo lo que vivio y como termino tan solo y me hizo refleccionar que no importa vivir tantas cosas, si no tenemos la oportunidad de compartirlo con nuestra familia.
    hoy tenia pensado ir a la escuela pero creo mejor voy a ir a ver a mi hijita y a mi esposa en casa

    les mando un coordial saludos

  3. a este señor yo lo vi por casualidad en un programa de Jorge Garralda,pidiendo ayuda,por casualidad lo entrevistaron con un grupo de indigentes,pues cuando murio la doña lo echaron a la calle y se quedo sin chamba.en aquel entonces me llamo la atencón que fuera cocinerode la doña.

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