México, ¿hacia dónde?

México, ¿hacia dónde?

 El próximo advenimiento del 2010 parece propicio.  Es necesario revisar cuáles han sido nuestros aciertos y errores como sociedad, de dónde venimos y hacia dónde vamos.  No podemos hacerlo en un tono de autoflagelación y quizá tampoco convenga el tono meramente descalificatorio que ha predominado en los últimos tiempos.

No podemos quedarnos en la congratulación por el recuento de un sistema que se erosionó con el paso de los años.  Hay que actuar y proponer.  Nadie debe quedar al margen, porque es el país que habitamos y que habitaremos todos en los años venideros.

Un hecho dramático es que aún no resolvemos nuestros problemas anteriores cuando ya tenemos encima otros nuevos, igual de apremiantes.

Habrá que terminar la delineación de un Estado que atienda los requerimientos del México actual.  Para ello, primero debe determinarse si tenemos un Estado fuerte, un Estado fallido o un Estado con fallas.

De entrada, hay que hacer referencia a lo obvio: hay un Estado desafiado por el narcotráfico, por grupos económicos, por grupos políticos.

Además, según se nos ha insistido recientemente, ya no tenemos la bonanza petrolera que recibió José López Portillo, sino al contrario: pozos declinantes que han llevado a buscar recursos por otras vías.

México también está en un hábitat internacional diferente al de hace unos cuantos años.  De hecho, parece que estamos en el inicio de un cambio de grandes dimensiones en el ajedrez internacional.  Estados Unidos aparece como una potencia herida que enfrenta desafíos de China, Rusia, Irán y Venezuela.

En ese contexto: ¿Qué tipo de presidente necesitamos?  ¿Uno parecido a Hugo Chávez?  ¿Uno parecido a Lula?  ¿Uno parecido a Obama?   ¿Cuál es la dimensión real de referentes históricos como el de la Independencia y el de la Revolución?

¿Qué debe hacer la sociedad?

Hagamos una revisión autocrítica.  Hasta ahora la opinión pública, los votantes, nos hemos caracterizado por ser predominantemente oscilantes, por ser lo suficientemente maleables como para dar apoyo a personajes con figuras y proyectos opuestos.

Por ejemplo, la sociedad en su conjunto ha mostrado fascinación lo mismo ante Carlos Salinas que ante el subcomandante Marcos; lo mismo ante Vicente Fox que ante Andrés Manuel López Obrador.

Ha habido otra constante: llevamos –y aquí dentro del concepto de sociedad también hay que incluir a periodistas y medios de comunicación- a los presidentes –y a cualquier otro personaje que sobresalga- a los niveles más altos de popularidad, a niveles de endiosamiento, para después arrojarlos al vacío y desollarlos con las críticas. 

Quizá por una cuestión cultural, parece que, a pesar de todo, seguimos en la búsqueda de un presidente fuerte –quizá con algunas características parecidas a las que en su momento identificaron a los mandatarios priístas-, siendo que ya no tienen la fuerza de antes por el contrapeso que representa el desarrollo de otras instituciones u organismos –sean estos legales o ilegales.

Como ejemplo, podemos mencionar el propio fortalecimiento de las opciones partidistas y del Poder Legislativo; a los medios de comunicación; o bien, el avance  tormentoso y a trompicones de organismos como el Instituto Federal Electoral, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y el Banco de México.

¿Qué deben hacer los medios y los periodistas?

El 31 de agosto, Ciro Gómez Leyva, con motivo del arranque de la LXI Legislatura, hizo una crítica severa contra la actual generación de políticos, priístas y no priístas.  Planteó cosas como las siguientes:

Como generación política son un fracaso. Son la del encono, la revancha: los perdonavidas. La del nulo crecimiento económico, los monopolios, el cierre de empresas, los secuestros, las extorsiones, los decapitados, el desplome educativo, la falta de agua, el marasmo tecnológico. Legislativamente mediocres, han sido cobardes a la hora de pagar los costos de las reformas (fiscal, laboral, energética) que el sentido común pide a gritos. No imaginan, no concretan.

Para el 2 de noviembre, una vez aprobada la Ley de Ingresos, Ciro Gómez Leyva reiteró sus críticas contra los políticos de diferentes signos ideológicos.   Pero también extendió su pesimismo: señaló que el capítulo del IVA dejó ver también que la próxima generación no pinta mejor.

Al día siguiente, es decir, el 3 de noviembre, el analista Leo Zuckermann le reviró a Gómez Leyva en su artículo en Excélsior.  Citó una conversación que su colega de Milenio tuvo con Felipe Calderón de la cuál emergieron las siguientes preguntas: ¿Acaso los medios no somos parte de esta generación que ha fracasado en cambiar al país?  ¿Dónde estamos en toda esta historia de frustración?  ¿Qué hemos hecho nosotros en el retraso de los cambios?  ¿En qué hemos fallado?

Dejó abierta la puerta para realizar un análisis serio, pero de entrada planteó que los medios somos culpables de andar privilegiando el escándalo sobre la sustancia.  Terminó así su comentario:

(…)  Mientras que se discuten temas de fondo como los impuestos que debemos pagar, nos concentramos en los tenis que usa el hijo de un ex candidato presidencial. En vez de analizar la imposibilidad de generar empleos, le engordamos el caldo a los peores diputados: aquellos que viven del escándalo.

(…)  De tal forma, los medios no hemos podido ser la “defensa contra ciertos mitos” como lo de prohibir la inversión privada en la industria petrolera o el rechazo a un impuesto generalizado al consumo.

¿Acaso los medios no somos parte de esta generación que ha fracasado en cambiar al país?

 

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